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El Editorial: Mubarak, La tragedia del poder


La tragedia del poder: Mubarak

 

Durante 18 días de grandes tensiones, el pueblo de Egipto se mantuvo hasta el final, sin cejar un momento ni darle tregua a la rendición. Una apuesta contra el poder vitalicio y contra la obstinación del control autoritario que ensombreció en los últimos años al régimen presidido por Hosni Mubarak.

Es un episodio que de un modo o de otro puede parangonarse con la revolución de los jóvenes militares comandados por Gamal Abdel Nasser que, en 1952, desalojó del poder a aquella figura patética que era el rey Farouk, hazmerreír de los aristócratas europeos que frecuentaban la Costa Azul.

Hosni Mubarak formó parte de ese proceso que rescató la nacionalidad del pueblo egipcio. Cuando fue asesinado el presidente Anwar Sadat por un fanático, Mubarak ascendió a la Presidencia y tuvo el coraje y la inteligencia de continuar la política del presidente asesinado: una política de paz en el Medio Oriente y de reconocimiento del Estado de Israel.

En la historia de la región, Mubarak deja un legado de singular trascendencia. En un mundo de prejuicios y odios ancestrales, asumir una política contra el denominador común y los convencionalismos no es frecuente. A la hora de dejar el poder, esta es la gran interrogante que inquieta a los estadistas más responsables.

Trágicamente, Mubarak confundió su papel de equilibrio regional con su permanencia en el poder. Consideró quizás que el conflicto le abriría las puertas de la continuidad ilimitada en la presidencia. No fue capaz de percibir los cambios que él mismo había propiciado. Se hizo reelegir en tres ocasiones como candidato solitario. Persiguió a la oposición, se alejó de su pueblo, se encerró en el palacio, y se consideró un heredero de los faraones.

Mubarak ha podido pasar a la historia como un estadista notable. Ha podido variar la política de Sadat alegando que lo había llevado a la muerte. Convencido de su justeza y de su conveniencia para el pueblo egipcio, decidió persistir en ella.

En 18 días de conmoción y de rebelión se resume la gesta de los egipcios para lograr que Mubarak abandonara el poder. Resistió hasta el final, maniobró hasta el extremo de desprenderse de casi todas sus facultades presidenciales, pero volvió a equivocarse. El pueblo no había tomado las calles para transarse, sino para desalojarlo del poder. Como jefe de Estado, ya estaba en la edad de convertirse en piedra. Su régimen se rendía frente al fenómeno de una juventud que veía secuestrado su propio futuro. Un hijo quería heredarlo en el poder. Todo ese entramado se vino abajo el viernes 11 de febrero 2011.

Nadie escarmienta en cabeza ajena. Es cierto, pero el efecto dominó del mundo árabe que comenzó en Túnez y no sabemos dónde va a detenerse, si es que se detiene, puede servir al menos de moraleja para los faraones tropicales que consideran que la historia no tiene otros protagonistas.


Por: Redacción
Política | Opinión
EL NACIONAL

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