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MILAGROS SOCORRO: Toda esperanza


“La sombra de Franklin Brito se cierne como un ciprés gimiente
sobre todo venezolano que emprenda una huelga de hambre..”

 

Una huelga de hambre tiene sentido cuando se recorta sobre la conciencia responsable de quien tiene el poder para ponerle fin, accediendo a las peticiones de quien se mortifica de esa manera. En Venezuela es un gesto inútil, puesto que entre las grandes características del mandamás resalta la irresponsabilidad.

Esto lo entendimos amargamente con el paro cívico de 2001-2002, que, paradójicamente se montó sobre una suposición halagadora para Chávez: se daba por hecho que el Presidente rectificaría los errores de la víspera al ver en riesgo la industria petrolera. En aquel momento resultaba inconcebible la idea de que el golpista del 92 posaría feliz sus botas sobre las ascuas humeantes de Petróleos de Venezuela si sobre los escombros podía erigir el rancho monstruoso de su hegemonía. Pero así fue. Ni sus detractores más acérrimos habían podido imaginar que a Chávez no le importaba en lo absoluto la posibilidad de que la industria sufriera un grave deterioro. Es como si alguien acercara un tizón al brazo de un niño en la certeza de que los padres accederán a lo que se les pida y descubre, con asombro, que estos no sólo no se inmutan con la tortura del hijo sino que están calculando cómo sacarle provecho a las cenizas resultantes. Desde luego, eso supuso el fin del paro. Como la madre del relato de Salomón, los sujetos del reclamo eran dolientes de la criatura en cuestión. Pero Chávez no lo era. Al contrario. Ahí tuvimos un atisbo destellante de su ilimitada irresponsabilidad.

Los miles de muertos cosechados por la violencia frente a la insensibilidad del régimen han venido a confirmar ese talante inconmovible. No hay montaña de pechos sangrantes, no hay amasijo de miembros inertes, no hay llanto de la madre rota por el estrago del plomo, que remuevan la conciencia de este poder tallado en piedra. ¿Qué oportunidad tenía Franklin Brito, humilde productor creyente en las bondades de la alimentación racional y del rigor espiritual, de sobrevivir cuando el hilo que fue su vida entre mayo de 2003, cuando el INT otorgó a terceros un par de cartas agrarias sobre gran parte de su fundo, y finales 2010, cuando murió, se hizo madeja con la que jugueteaba el poderoso? En esos siete años, Brito tocó desesperadamente las puertas de instancias nacionales e internacionales para denunciar el atropello. Al ver cómo la justicia le era esquiva, optó por la huelga de hambre. La primera la inició en 2005 y ya el 2 de julio de 2009, se sumergió en esta tortura autoinfligida como quien entra en un pozo de lava para evadir una jauría. Era así, efectivamente. Brito estaba asediado por la ilegalidad y la injusticia, de las que se negó a hacerse cómplice.

Su última huelga de hambre era la séptima a la que se amarraba.

Llegó a los huesos exigiendo la titularidad de su tierra. En suma, que se cumpliera la ley.

Iba a morir en el Hospital Militar de Caracas, donde permaneció 260 días, desde 13 de diciembre de 2009, cuando fue sacado de la sede de la OEA y llevado al citado centro de salud contra su voluntad. Brito se fue descarnando ante la mirada gélida del régimen, personificado en funcionarios como Juan Carlos Loyo, entonces director del INTI, y Elías Jaua, a la sazón ministro. Estos dos hombres engañaron a Brito y prolongaron su agonía. No fue de balde. Loyo fue nombrado ministro y Jaua ascendió a vicepresidente.

Las huelgas de hambre en Venezuela deberían tener, pues, un frontispicio donde pusiera: “Oh, vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza…”. Y sin embargo…

Pese a que la sombra de Franklin Brito se cierne como un ciprés gimiente sobre todo venezolano que emprenda una huelga de hambre para arañar la conciencia del poder. A pesar de que tenemos pruebas más que fehacientes de que a los jerarcas del chavismo les importa un carajo que un hombre se convierta en un puñado de huesos, hay compatriotas que siguen cogiendo la calle y una toalla para secarse el sereno.

Los jóvenes, en cifra creciente, que ahora se privan de alimentos para exigir que la OEA se dé por enterada de la existencia de presos políticos en Venezuela, no tienen en Franklin Brito un factor de disuasión sino de estímulo. Así de heroica puede ser la paradoja venezolana, tanta veces encanallada.

La sociedad debe hacerse presente, ya que los mofletes de Insulza no comparecen donde se le llama con voz de bachiller. No hace falta. O no hará, si el pueblo de Venezuela mira con ternura al muchacho negado a comer.


Por: MILAGROS SOCORRO
msocorro@el-nacional.com
Política | Opinión
EL NACIONAL

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