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Teódulo López Meléndez: El momento en que cada cosa parece posible


Inspirados en la sublevación popular de Túnez, miles de egipcios salieron a la calle a exigir la dimisión del presidente Hosni Mubarak, en el poder desde hace 3 décadas.

“Choque de civilizaciones”

 

En el suelo de la plaza El Tahrir los jóvenes juegan a inventar el futuro. Son los protagonistas de una revolución, son los dueños del instante. Comparten con las mujeres que se tapan el cabello o lo llevan al aire desafiante, escuchan a los mayores profesando valentía y teorizan sobre cómo será la vida después de la victoria.

Las revoluciones suelen ser emocionantes, inflamatorias, inolvidables, a pesar del alto precio en
vidas que se debe pagar. El protagonista es un cuerpo colectivo muchas veces sin cabeza, aunque las cabezas van creciendo del cuerpo en la medida en que los factores no idealizados entran en juego, tales como las potencias extranjeras, los militares y los intereses estratégicos.

Los políticos de todas las layas negocian transiciones, el poder agonizante se aferra a las últimas maniobras, pero en la calle, en la Plaza de la Liberación, un fervor desatado fabrica libertad y democracia, oportunidades y crecimiento humano. Nadie sabe en que concluirá el sueño, hacia donde en verdad girarán los acontecimientos o cuales serán los resultados, pero mientras tanto los jóvenes y las mujeres y los ancianos se creen dueños del destino. Quién dirigirá después del fulgor es algo indeterminado. Nadie conocía, en sentido estricto, los nombres que se inscribieron en la historia después de la revolución francesa.

Ahora, sobre la plaza a reventar, una donde debe hacerse cola para participar del sueño, aparece de golpe un ejecutivo de Google, alguien que estuvo desaparecido por dos semanas prisionero de la dictadura y del pasado que se quiere echar. Se llama Wael Ghonim, tiene 30 años y, como símbolo de estos tiempos, es experto en Internet y tuvo una participación clave en la organización cibernética de las protestas. El muchacho va por vez primera a la plaza y helo allí micrófono en mano hablando a la multitud y aclamado. Ya han creado una página web donde hasta el momento 130 mil egipcios han firmado concediéndole la autoridad para ser su vocero.

Wael Ghonim aferra la luz que proviene del instante. No se puede predecir su destino. Se lo comerá la revolución, hará historia o se convertirá en el símbolo del momento efímero, tal vez como los protagonistas claves del mayo francés. Nadie lo sabe, pero el muchacho de las redes sociales vive la emoción propia de todo aquel que es protagonista de ese hecho imprevisto, telúrico, mágico y catastrófico que se llama revolución.

“Choque de civilizaciones”, vuelven a repetir los absurdos que no oyen la voz que clama por un principio general de lo humano: libertad. “La turbación de la paz” susurran los absurdos que creyeron en la tranquilidad definitiva de los sueños luego del fin de la Guerra Fría y del supuesto establecimiento de un orden mundial inequívoco. “Peligro” exclaman los absurdos que no oyen que el grito pide democracia, quizás pensando que para el pueblo árabe era improbable su realización y práctica, más aún, un deseo no anidado ni en su cultura ni en su psiquis.

“Peligro islámico” arguyen los absurdos que mantuvieron la democracia y la libertad fuera de esos confines de su control quizás pensando que la única manera de practicarla era a la manera prostituida a la que han reducido. “Fatalidad” remueven inquietos los que utilizaron el Islam como argumento para mantener a dictaduras hereditarias en el poder, mientras los extremistas provenientes de Irán claman por el establecimiento de un régimen islámico, extremista, teocrático y dictatorial como el que ellos practican, puesto que –como lo he leído no sin rabia de un profesor alta autoridad de un organismo iraní- el establecimiento de la democracia en Egipto sería una verdadera calamidad dado que el país se convertiría en una base imperialista de dominio de las potencias occidentales. Mientras tanto, en nombre del Islam unos dictadores oportunistas o unos monarcas caducos, viven la vida propia del rey con mansiones y lujos mientras sus pueblos nacen y crecen analfabetas, la miseria extrema alcanza a la mitad de sus poblaciones o los jóvenes van a la universidad a perder el tiempo dado que nada hay que hacer cuando egresan, la mayor parte de las veces excepcionalmente preparados.

Este es un mundo global donde sólo no se propagan –en el argumento de la izquierda obsoleta- MacDonalds o hamburguesas, jeans y maquillajes, modas e irrelevancia, capitales y transnacionales, sino también un virus peligroso llamado libertad, uno que utiliza el modo más expedito del contagio: la tecnología, el Internet, las redes sociales. Cada quien tiene sus maneras y sus procedimientos, cada revolución termina aplastada o triunfante, cada una tiene alternativas y caminos diversos delante. Puede terminar en una teocracia como en Irán o puede concluir en una democracia o en el caos que llame a una dictadura. Nadie lo sabe, pero el hecho de cambiar es el relámpago sobre la plaza. Qué se vaya Mubarak, es la exigencia, que el pasado se evapore, pero tal vez en los jóvenes, en los viejos y en las mujeres que acampan en la Plaza de la Liberación se cocine una idea, se delinee un camino que exceda meramente a la salida de la obsolescencia.

La servidumbre se echa al pipote de la basura porque ella es un producto humano y los humanos pueden destruirla. La revolución conduce a todo y todas las posibilidades están delante. Ha sido el mundo árabe el que ha despertado a una posibilidad que excede sus confines para convertirse en una epopeya seguida por millones a través de los medios electrónicos. El hombre todavía es capaz de soñar, es el efectivo mensaje, a pesar de haber estado inmerso en las tinieblas. Qué sea para bien, es el deseo de una voluntad mundial que excede a las palabras fe y esperanza, para convertirse más bien en un impulso de apoyo y de respeto.

Mientras, el mundo observa o interviene. El presidente de los Estados Unidos entiende el nacimiento, pero no sabe practicarlo. Cuando la revolución comienza no se ha concretado nada. Lo hará en su camino, con todos los peligros y asechanzas que son propios del andar por el bosque lleno de depredadores. No hay nada que nos garantice el resultado de la revolución árabe, pero la saludamos con entusiasmo, porque demuestra que el hombre es aún capaz de levantarse.


Por: Teódulo López Meléndez
teodulolopezm@yahoo.com
@TeoduloLopezM

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