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INSEGURIDAD: En Venezuela, cada vez los homicidios son más crueles




Al cura de la parroquia San Martín de Porres de Caricuao, Marco Robayo, no lo mataron esa noche.

Al cura de la parroquia San Martín de Porres de Caricuao, Marco Robayo, no lo mataron esa noche.

Las campanadas que
nadie escucha…

 

Cada vez las historias de las páginas de sucesos son más atroces. Cada vez los delincuentes exhiben más inhumanidad. Cada vez la sociedad se alarma menos con el horror. Ya no hay fronteras entre robar y matar. La impunidad es una de las principales causas.

Se confió. Hace veinte años los vecinos habían acordado con él cuál era clave si se presentaba una emergencia. “Me dijeron: padre, si a partir de las 8:00 pm ve una cosa rara no salga, toque las campanas de la iglesia que nosotros acudimos”. Nunca lo hizo. En ninguno de los innumerables robos que sufrió la parroquia sintió necesidad de alertar a su feligresía. Pero el 15 de enero, a la 1:15 am, creyó forzoso hacer mucho, mucho ruido. Nadie salió.

Al cura de la parroquia San Martín de Porres de Caricuao, Marco Robayo, no lo mataron esa noche. Pero sí lo molieron a golpes, en el mismo lugar en el que fue ultimado un fotógrafo para quitarle la cámara. La cara del clérigo de 80 años de edad apareció desfigurada al día siguiente en diarios y noticieros de televisión. Es cierto que no lo asesinaron (en este país se da gracias a Dios por salir vivo de un robo), pero al delincuente no le importó que fuera un anciano ni un religioso para caerle a puños sin piedad, hasta dejarlo en el piso. El agresor (luego se supo que tenía 19 años de edad y que era de la misma zona) le quitó un reloj sólo después de descargar su furia contra él. “Cuando estaba en el suelo golpeado fue que me dijo ‘déme el reloj’. Los puños fueron antes”, cuenta el sacerdote.

Hasta cuándo. Todo empezó con un ruido que escuchó la sobrina de Robayo. Tenían como antecedentes incontables robos. Ya en la iglesia, por ejemplo, no hay alcancías para las limosnas. Tampoco los objetos más sencillos se han salvado del vandalismo: un día abrieron boquetes para robarles sillas, otro día hurtaron los instrumentos musicales que guardaban los niños del coro. Esta vez el cura decidió actuar. Como las campanas no sirvieron para convocar a ningún superhéroe –menos aún a un héroe de carne y hueso–, bajó él mismo a ver. Nunca se había arriesgado así. “No sé si usé la prudencia lo suficiente, pero también llega un momento que uno dice ‘¿hasta cuándo?”, expresa. Hasta cuándo.

“El muchacho sabía que yo era el cura, pero eso no lo coartó. Creía que no me podían agredir, por eso salí, porque hay ciertos límites de respeto, pero en esta ocasión se sobrepasaron. Esa agresividad estoy seguro de que tenía que ver con droga”, relata. Tras su experiencia cree que había principios que eran propios de la sociedad venezolana, que incluso respetaban los mismos delincuentes. “Pero ya no hay límites, el trabajo de ellos es robar y matan a quien se lo impida, simplemente. Hay una especie de odio contra el que tiene”.

Le entristece pensar que los ciudadanos están acostumbrados al crimen: “Cada vez los feligreses piden menos consejos por temas de violencia, ya saben lo que un cura les dirá. Hoy día a la familia le matan a un ser querido, lo llora, lo entierra y sigue adelante, nadie denuncia, la gente sabe que no vale la pena. Antes, cuando había alguna persona sospechosa, yo llamaba a la policía y venía. Ya no viene”.

El sacerdote Robayo puede contar su historia. Muchos no tienen su suerte. Pero el día a día de las páginas de sucesos trae crímenes más cruentos, más absurdos, más frecuentes. El horror es cotidianidad. El psicólogo y criminólogo Omar Arenas Candelo afirma que los crímenes con saña son más comunes en las sociedades anómicas (faltas de leyes). “Delito hay en toda sociedad, pero cuando hay anomia se evoluciona de una delincuencia fraudulenta a una delincuencia violenta”.

Asegura que la sociedad se hace insensible, producto del acostumbramiento y se instala una cultura de la muerte. “La anomia sintetiza la sociedad disfuncional, la crisis institucional, una sociedad desarticulada en la que se exceden los umbrales de la tolerancia. No hay control social, ni formal ni informal, porque las instituciones no funcionan y los grupos primarios tienden a desintegrarse. Este escenario abandonado que es la sociedad actual invita a delinquir”, afirma.

Un sujeto mató al dueño de una perrita Cocker porque la mascota lo olió cuando estaba en el balneario de Camurí Chico.

Sin sentido:

7 enero de 2013. Anthony Parra, de 25 años de edad, estaba en una playa del litoral con su perrita Princesa. Inocente y simpaticona, la mascota olisqueó a un hombre que paseaba. Este se molestó por tal atrevimiento y amenazó a su dueño. Horas después, Parra partió a Caracas en una camioneta y se bajó en la estación Gato Negro. Allí lo esperaba, en una moto, el hombre que lo había amenazado y que no olvidaba la “ofensa” del animal. Le dio tres tiros y cuando cayó le dio tres más. El joven falleció.

12 de febrero de 2013. José Jiménez iba por Barquisimeto en su vehículo con su hijo de 5 años de edad como copiloto. Chocó con otro carro por detrás. El otro conductor reclamó. Él le ofreció 500 bolívares para reparar el daño, la respuesta del chofer fue inesperada: sacó su pistola y disparó, disparó, disparó. El hombre corrió al auto y aceleró. Entonces vio que su hijo estaba lleno de sangre. Un balazo lo había alcanzado. Llegó muerto al hospital.

Los motivos fútiles se repiten en muchos ataques con saña. Una discusión por un choque, una pelea durante un juego de cartas, unos zapatos de marca. La frivolidad del móvil es una constante. Como psicólogo, Arenas Candelo piensa que la sociedad sufre una patología y por eso el crimen está relacionado con acciones y reacciones muy desproporcionadas por parte del delincuente.

V de Vendetta:

El criminólogo Francisco Javier Gorriño señala que se trata de un nuevo patrón. “Antes en las escuelas de policía se enseñaba que cuando había tal ensañamiento, la investigación se enfocara en el crimen pasional. Hoy en día es diferente, casi todos los homicidios son de veinte tiros, cuarenta tiros”. Indica que, a su juicio, hay varios factores para que tal agresión esté generalizada. “En primer lugar, la violencia política ha influido mucho; luego, se han trascolado un montón de códigos de las cárceles a las calles. Esos centros de reeducación han sido tan efectivos que han filtrado lenguajes y técnicas de la prisión”. Añade que esa es la manera de destacarse tras las rejas: la exhibición de la crueldad. Lo mismo sucede en la calle.

“Es vendetta” (venganza de las mafias), dice Gorriño. “Muchos de esos crímenes con mucha saña buscan ser ejemplarizantes, como los de la mafia italiana. Es decirle a la víctima: Te desprecio, te reduzco a la nada”. El sacerdote Alejandro Moreno, investigador en temas de violencia, añade lo que para él es la clave para comprender la saña: “El malandro no tiene como prioridad robar, necesita ante todo prestigio, eso es lo que busca”. El prestigio lo da precisamente su capacidad para la maldad.

¡Fue una masacre familiar! Asesinaron a 4 personas dentro de su vivienda

Ni los conocidos se salvan:

Mariara es una población tranquila, a pesar de ser la capital del municipio Diego Ibarra del estado Carabobo. Es como un pueblo, así lo ve la gente. En la calle la Línea vivía la familia Lagos desde hace 20 años. Dueños de dos pequeños locales comerciales, eran conocidos por todos los vecinos. A su casa entraron el 17 de noviembre de 2012 cuatro jóvenes delincuentes con la intención de robar. Pero no sólo robaron Aunque no hubo resistencia, mataron al hijo de 24 años de edad; a la novia de éste, de 20 años, que estaba embarazada, y a los dos padres. En una noche fueron asesinadas cuatro personas para llevarse computadoras y enseres. A puñaladas y tiros. Cuatro personas. Luego se supo que los jóvenes eran de allí mismo. Gente que los conocía. Ya ni vecinos ni familiares se salvan.

William Contreras, subdirector de la Policía de Sucre, reconoce que es excesivo el uso de la violencia extrema. Los delincuentes la aplican incluso en sus mismas localidades y con sus conocidos. “Eso lo hacen para mostrar cierto poderío, por eso matan no sólo de un tiro sino de más de treinta tiros”. Indica Contreras que en muchos casos son ajustes de cuentas, lo hacen por venganza, pero en otros casos (como en los secuestros) es una manera de llamar la atención de la familia de la víctima.

Dos características ha encontrado en esas personas que actúan con mucha saña: en primer lugar, son muy jóvenes; en segundo lugar, que usan drogas. Indica que en muchos delitos menores, como el robo, ahora actúan con violencia extrema. Recordó el caso de cuatro adolescentes que entraron a una quinta de la urbanización Miranda y no se conformaron con llevarse objetos sino que violaron a algunos de los miembros de la familia. “Hay algo de exhibicionista en esa conducta, lo hacen para que además la gente no se meta con ellos, no los denuncien”.

Le parece una violencia incomprensible que no se veía antes: “Incluso en las peleas de los estudiantes entre liceos, ahora no sólo salen golpeados sino heridos con arma”.

Lelis José Moreno Pérez, de 36 años fue capturado, tras recibirse la denuncia vía telefónica que habría descuartizado y lanzado por un barranco a su propia madre

Nueva generación:

8 de diciembre de 2012. El titular reza: “Ultimó a la madre a cuchilladas, la desmembró y la quemó para deshacerse de los restos”. Lelis José Moreno no sólo mató a su mamá, Balbina Pérez. La destruyó. Al principio los vecinos escucharon gritos, después todo fue silencio. Al día siguiente, algunos se acercaron a la casa por el olor que desprendía. Descubrieron los restos incinerados. Luego algunos se atrevieron a contar. Que si el muchacho tenía problemas de drogas, que si la madre lo había internado en una clínica de rehabilitación, que si peleaban.

El comisario Contreras asegura que la mayoría de los homicidios en los que hay mucho ensañamiento, los victimarios no pasan de 25 años de edad y en buena parte de los casos son drogadictos.

El religioso Alejandro Moreno añade que cuanto más joven es el delincuente, más actúa fuera de control. “Hace lo que le sale”, dice. Familia, comunidad, escuela no son instancias que los detengan. “Ni siquiera la policía es una institución de temer. Antes matar un policía era sinónimo de ser hombre muerto, ahora no es así”, expresa. A su juicio es como si estos adolescentes se estuvieran preparando en la carrera de malandro. Una ‘carrera’ para la que hay que demostrar –si se quiere llegar alto– que no se tiene humanidad.

Arenas Candelo compara la agresión gratuita que ejercen los jóvenes delincuentes venezolanos sobre sus víctimas con la de grupos como los maras de Centroamérica, autores de la violencia más sanguinaria. “No debe verse como un problema de individuos, como en el caso de los crímenes pasionales, esto adquiere una dimensión social que es más grave”, señala y dice que es un problema de Estado.

El historiador y artista Napoleón Pisani, de 70 años de edad, fue asesinado en un intento de robo que se hizo a las instalaciones del museo de la Fundación John Boulton.

Sin castigo:

¿Habrá lugar más apacible que un museo?, ¿profesión más pacífica que la de un historiador? Un museo es un santuario. Un historiador es un investigador que pulsa la biografía de un país. El pasado 14 de febrero, día en que se celebra el amor, un historiador dentro de un museo no se salvó tampoco de la rabia. A las 3:00 pm, en el Museo Boulton, justo al lado del Panteón Nacional, unos delincuentes asesinaron a Napoleón Pisani, de 70 años de edad. Los bandidos –que intentaban robar una colección de monedas antiguas– lo golpearon sin consideración y luego lo amordazaron con un objeto dentro de su boca que lo asfixió.

Eso no es de extrañar para los criminólogos. La impunidad es la explicación para Arenas Candelo: “Cuando hay una percepción de injusticia, si el de arriba delinque y queda impune, yo tengo el mismo derecho”. Los especialistas tienen una respuesta en común: ante la impunidad, no hay diferencia entre matar y robar. Igual no hay castigo”.

“Hay un principio conductista básico: la posibilidad de que una conducta se repita tiene que ver con sus consecuencias, el premio o el castigo. Si resultan impunes, los asesinos vuelven a repetir la conducta”, afirma Arenas.

Contreras añade: “Piensan que no los van a descubrir o que no les van a hacer nada así maten”.

El 5 febrero, el sacerdote Alejandro Moreno escribió en El Nacional espantado por las noticias del primer mes del año: “El año 2012 se cerró con 21.692 homicidios en todo el país. Veníamos de 17.600 en 2010 y 19.459 en 2011, para limitarnos a los tiempos más cercanos. Un simple cálculo aritmético nos dice que entre las cifras de 2010 y 2011 hubo un aumento de 1.859 asesinatos y entre las de 2011 y 2012 fue de 2.233”. Pero más que los números le preocupa “el tipo, el tono, el estilo cualitativo que está presentando la diversificación de sus formas, de la crueldad con que se practica, de los rasgos de anomia, atrevimiento y brutal indiferencia ética que exhiben las personalidades de los nuevos violentos”.

Concluye en su artículo: “¿Hay esperanza? No se atisba en el actual horizonte político. Planes y planes; palabras y palabras; evasión y evasión. No más. Sin un cambio radical en la política de Estado, no simplemente de gobierno, la muerte nos acecha y no avisa”.

Un adolescente de 13 años de edad mató a batazos a su madrastra en el barrio José Félix Ribas de Petare después de tener una discusión. Estudiante del liceo Andrés Bello mata a alumna por equivocación, porque iba a asesinar a su novia y erró el tiro. Acribillaron a la madre de un fiscal durante su secuestro, a la septuagenaria le dispararon 10 veces. Murió hombre que fue golpeado y quemado en el kilómetro 11 de El Junquito. Hallaron cuerpo de una mujer que fue ultimada a tiros en la cara. Joven scout de 16 años de edad fue golpeado en la cabeza y hallado muerto el 10 de febrero en las adyacencias del embalse Guataparo en Carabobo. Mataron a un promotor turístico delante de su hijo de 4 años de edad cuando lo buscaba en el colegio. Todos los días en las páginas rojas de los periódicos suenan campanas como las que el párroco Marco Robayo tocó el 15 de enero en la madrugada. Nadie responde.


Por: MIREYA TABUAS
mtabuas@el-nacional.com
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EL NACIONAL
Domingo 3 de marzo de 2013

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