ANTONIO SÁNCHEZ GARCÍA: La Torre de David y la Olympic Tower



La Torre de David y la Olympic Tower

 metáforas de la inmundicia

 

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un largo y enjundioso reportaje del gran periodista norteamericano John Lee Anderson (El poder y la torre) publicado en el prestigioso New Yorker desveló una de las más aberrantes contradicciones del llamado Socialismo del Siglo XXI: la degradación arquitectónica, social y política de un imponente edificio en construcción, iniciada en pleno centro de la ciudad en los preámbulos de la feroz crisis que desembocara en el asalto al poder del neofascismo chavista, convertido por mor de la explosiva irrupción de la marginalidad en todas las esferas de la vida social venezolana, inducida consciente y sistemáticamente por el golpismo militarista, en un bíblico hacinamiento del lumpen caraqueño. Nos referimos a la tristemente célebre Torre de David.

Su nombre no deriva del Rey David, de la fundación de Jerusalén ni de la construcción del célebre templo, sino del banquero David Brillemburg, que proyectara su construcción en los años 90s. Motivado por la voluntad ascendente del liberalismo puesto en acción por Carlos Andrés Pérez y esperando todos los frutos de la modernidad que éste creyera lo sacaría en hombros de Miraflores, de modo que por supuesto proyectó un helipuerto en sus alturas. Lo de “Torre de David” adquiere, sin embargo, el bíblico sesgo de esta auténtica Torre de Babel de la indigencia más menesterosa y marginal, ubicada por la degradación de la sociedad venezolana en la zona de sombras de la miseria y la criminalidad en que un teniente coronel golpista perteneciente a las Fuerzas Armadas hundiera al país que jurase defender con su sangre. Asaltado por bandas organizadas tras el baluarte rojo rojito de los adeptos al caudillo y sometida a una disciplina carcelaria, se hacinan en sus espacios cientos de familias, como en una película de ciencia ficción post devastación atómica. Sólo falta una lideresa tipo Tina Turner y un PRAN corporeizado por un Mel Gibson en alpargatas para tener una versión buñuelesca y olvidada de Mad Max 3. Todo está permitido en este antro de la desolación imaginado por el viceministro para la Felicidad Suprema, el último invento de los guionistas del G-2. Traficar drogas, asesinar conciudadanos y violar mujeres. Ser de oposición está castigado con la pena de muerte. Significa traicionar los preceptos del Semidiós que reposa, encerado y partido en dos, en los umbrales de la eternidad de plastilina del llamado “Cuartel de la Montaña”.

Es la cara real del feroz accidente histórico que ha devastado a la Venezuela de la modernidad. Es la idílica imagen del infierno que nos tienen prometido. El caos, la anomia, el hacinamiento, el irrespeto, la transgresión, la miseria y el desprecio a todo principio ético y moral. En donde los derechos humanos se reducen a masticar, digerir y excretar. A copular y a esnifar. Todo lo demás es superfluo.

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Es el máximo logro posible de la utopía chavista, para los de abajo. Cuya lumpenaristocracia puede acomodarse en unos satíricos apartamentos de lujo sitos en la Avda. Libertador, en donde, como en el tango: “no hay portero ni vecinos”. Ni muchísimo menos baños privados y ascensor. Haz como puedas. El colmo del socialismo que un militar golpista y sus esbirros son capaces de imaginar.

En el otro extremo del abanico de este despliegue inmisericorde de la criminalidad política en la que la Venezuela independiente medio se ha habituado a revolcarse en gran parte de su historia, pero con particular denuedo desde que sus notables e intelectuales orgánicos decidieran liquidar la frágil democracia que sufrimos, está la Olympic Tower de Manhattan, uno de los condominios horizontales más lujosos, representativos y exclusivos del planeta. Ergo: del universo. En donde un Pent House con vista privilegiada a la Gran Manzana puede costar, en oferta de liquidación y de segunda mano, 14 millones de dólares, sus baños pueden estar provistos de grifería de oro 18 quilates y en donde puedes defecar mientras atiendes a un subgerente de una de tus empresas de asesoría financiera o a uno de tus brokers predilectos sentados en una cómoda poltrona de fino cuero blanco de alto diseño. Mientras tú, el que en ese espacio – como se decía en el pasado remoto – eres el que más mea, te ocupas de tu higiene personal. Como en los baños de Caracalla o en aquellos en donde Augusto, Nerón o Adriano defecaban al aire libre departiendo con sus senadores, generales y efebos dilectos. “Animula, vagula, blandula…”

En ese dechado del lujo más bizantino se acaba de comprar el más exclusivo de sus apartamentos – otrora dilecto llegadero newyorkino del naviero Aristóteles Onassis y su consorte, la viuda del presidente John F. Kennedy, cuyas esencias orientales seguramente flotan por sus pasillos con la insoportable liviandad del ser multimillonario – un muchacho venezolano que, dicen los rumorosos, no llega a los 30 años. Invirtió en esa compra, como al desgaire, casi ariscando la nariz a lo Antínoo, el favorito de Adriano, el equivalente al salario de un trabajador venezolano que hubiera guardado religiosamente los pagos por sus sacrificados servicios durante 3 mil años, si se les calcula a dólar oficial, y más de 30 mil años, si se le calcula a dólar libre. Como diría el filósofo de Maracaibo: una burusa.

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A la misma pandilla de lampiños agalludos que todavía no se empinan por sobre la edad de Cristo y ya son multimillonarios en euros, yenes o y/o libras esterlinas, si es que no es el mismísimo personajillo bien vestido, bilingüe, analfabeta y ambicioso como el Gran Gatsby que duerme entreviendo el mismo paisaje que acompañara a Jackleinne Onassis, pertenece el comprador de un coto de caza sito en los alrededores de Toledo, el del Alcázar asediado durante meses y meses por las tropas republicanas hasta que apareció Franco con sus salvajes Mamelucos – cosa de la que el cagaleches en cuestión no debe tener la más mínima idea – comprado en la friolera de 27 millones de Euros. Para cazar vaya a saber Dios qué tipo de fauna de la vieja y quijotesca Castilla, visto que nació entre lapas, chigüires, cachicamos y tragavenados. Incluso entre perros callejeros, que ninguno de ellos pertenece a la godarria venezolana. Son el clásico producto de esta revolución indigna: vulgares pelabolas de la clase media más media dispuestos a robarse el caballo del escudo y vendérselo al contralor general de la República. Que a cambio de la comisión no le haría el menor asco. Man speaks english.

No sabe ese esclavo del socialismo del siglo XXI que corre desesperado detrás de un cuartico de leche, un rollo de papel confort y una pechuga de pollo a medio podrirse, que con sus votos, su ignorancia y su veneración a un farsante que siguió la carrera militar para traicionar a su Patria y entregarla a las voraces fauces de unos tiranos caribeños, ha financiado esa locura digna de un delirante personaje de Scott Fitzgerald. Visto en tesitura seudo democrática: que los millones de hacinados en la indigencia del chavismo que se matan unos a otros por un paquete de harina pan hacen posible que una pandilla de aristócratas de San Agustín, ladrones y sinvergüenzas puedan vivir las fantasías de las Mil y Una Noches, defecarse sobre los sagrados nombres de nuestros mayores y ofender la fama y el prestigio de la República en un mundo que nos contempla con sorna, con desprecio y con maledicencia. Hay que ser bien venezolano para soportarlo en silencio.

De la obscena cópula de esas metáforas – la inmunda, oscura y mal oliente Torre de David y la deslumbrante, sofisticada y resplandeciente Olympic Tower de Manhattan – está hecho el yugo de la Venezuela ultrajada. Aquí, en la Andrés Bello, cerquita de donde comienza el romance de la miseria con la pobreza y la indigencia con el estupro se amontonan en la tenebrosa oscuridad del vicio y la prostitución los ejércitos que soportan la desfachatez y el desacato del militarismo golpista. Allí, entre las nubes de la Gran Manzana, algún ladronzuelo, algún granuja de medio pelo esparce su confeti de millones y millones de dólares estrujados del ancestral sufrimiento de un pueblo de desesperados.

¿No es digno de un filme post apocalíptico dirigido por George Miller y George Ogilvie, con las estelares actuaciones de Tina Turner y Mel Gibson? ¿No es natural que Chávez reencarne en los albañales de Caracas como imagen en los ojos de una rata? Bien lo dijo SS Francisco: empobrecen para q los indigentes los voten y eternicen la indigencia. Son unos monstruos. No tendrán perdón ni olvido.


Por: Antonio Sánchez García
sanchezgarciacaracas@gmail.com
Politica | Opinión
Oposición | MUD
@sangarccs
jueves 31 de octubre del 2013




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