MIGRACIÓN: En Venezuela no hay comida, en Brasil y Colombia sí




Dariana Elluz es una de las 82 venezolanas que buscan atención en Cartagena, Colombia

“En Venezuela no hay comida,
en Brasil y Colombia sí”.

 

Las mujeres venezolanas ya no solo cruzan la frontera con Colombia para regalar a sus hijos tras la crisis en Venezuela; ahora también migran a ese país para dar a luz”.

La odisea de las venezolanas que llegan a Colombia para dar a luz.

Venezolana regaló a su hija en Cúcuta intentó entregar a otra menor.

En dos meses, en Cartagena fueron atendidas 82 mujeres que salieron de Venezuela por la falta de alimentos.

Un torrente de migrantes del país bolivariano en busca de mejores condiciones de vida sacude el norte brasileño. Las autoridades locales dan la espalda a los llegados.

Roraima. (brasil).- “¿Cómo se dice en Brasil? ¿Obrigado? Pues obrigado porque en Brasil hay comida. En Venezuela no hay comida”. Una treintena de indígenas de la etnia warao intenta comunicarse con Juliano Torquato, alcalde de Pacaraima, un municipio en Roraima, el Estado más al noreste de Brasil. Quieren explicarle su situación. Que viven al lado de la autopista, no muy lejos de donde están esta lluviosa tarde de verano. Que duermen en el suelo y viven de donativos entre perros, moscas y juguetes de segunda mano. Que comen cuando hay comida. Y lo que es más problemático para esta localidad de 16.000 habitantes, para la ciudad que tiene al lado y para el Estado en el que se encuentra: que no están solos.DESPLAZADOS, NO REFUGIADOS

La región ha sido sacudida en los últimos meses por un torrente de inmigrantes venezolanos —indígenas o no— que cruzan la frontera de Roraima con la esperanza de que Brasil les ofrezca una vida mejor, o al menos trabajo, o al menos comida. La mayoría llega a través de Pacaraima y echa a andar hacia Boa Vista, la capital; en el camino, viven de donativos, de trabajos sueltos o de mendigar. Los indígenas intentan volver a sus comunidades en algún momento. Los no indígenas, no. Freiomar Viana, de 41 años, pertenece al segundo grupo: se trajo a la familia de Caracas a Brasil hace un año y ahora ya no le ve sentido a dejar su trabajo en una cafetería de Boa Vista. “Con un salario venezolano uno no puede comer más de tres días. Si tienes familia, ¿cómo vas a apañártelas?”.

Estudios sobre fronteras:

En Pacaraima muchos ya estaban acostumbrados a las idas y venidas de los venezolanos, que llegaban desde su país, compraban productos de primera necesidad y volvían. Pero ahora los visitantes ya no regresan y es común verlos malviviendo en las calles del municipio. El Gobierno del Estado contó hasta 177 venezolanos en situación precaria por las calles, el pasado agosto. En diciembre, la ciudad decretó un estado de emergencia para la salud pública. Es una situación insólita también para los venezolanos, que vienen de un país acostumbrado a recibir migrantes y no a lo contrario, según Francilene Rodrigues, profesora de estudios sobre fronteras de la Universidad Federal de Roraima. Pero en cuanto comenzó la presidencia de Hugo Chávez en 1999 se inició también el nuevo movimiento migratorio: la clase media empezó a irse a Estados Unidos y España. Después empezaron a irse los más pobres. “Y a partir de 2010 el proceso se recrudece”, recalca Rodrigues. “El alto coste de la vida en Venezuela, más la caída del precio del petróleo ha hecho estragos con la economía del país”.

María Pérez, indígena warao, tiene otras palabras para explicar este fenómeno migratorio: “Chávez murió en 2013 y entonces se acabó la comida y llegó la crisis. No hay nada que comprar y cuando lo hay es demasiado caro”. La mayoría de estos nuevos expatriados son jóvenes, es decir, personas en edad de producir.

Pero hay un problema insondable: estos jóvenes eligen Roraima más por la proximidad que por las oportunidades que ofrece. “Los venezolanos sienten un gran orgullo de su nación; el estar cerca de la frontera les da la oportunidad de volver en cualquier momento”, explica Rodrigues. Son un gran número para un Gobierno relativamente pequeño y una bolsa de trabajo aún menor.

Una de las inmigrantes venezolanas alojada en un polideportivo de la ciudad de Boa Vista (Brasil)

Una de las inmigrantes venezolanas alojada en un polideportivo de la ciudad de Boa Vista (Brasil)

Vivir en polideportivos:

Cuando, hace algo más de un año, los gobernantes de Roraima vieron en sus calles (y en sus plazas, y en sus solares, y en sus callejones) a mendigos venezolanos, intentaron devolverlos a la frontera en un autobús. Pero eso constituía una deportación en masa, algo prohibido en la legislación brasileña. El Defensor Público, la institución que vela por la justicia criminal en cada Estado, interrumpió el proceso. El siguiente paso lo dio la fiscalía de Roraima al exigir que se diera cobijo a los menores. El juez accedió siempre y cuando estuviesen con sus familias. El resultado: cientos de indígenas (y no indígenas) viven en un polideportivo desde hace un año. No se puede dar un número concreto porque este cambia a diario. El día que EL PAÍS visitó las instalaciones, la semana pasada, había 193 personas. Otro día se contaron casi 300. Duermen en el suelo y comen lo que les den ese día.

Ese polideportivo, que acoge a demasiadas personas sin estar hecho para acoger a nadie, se ha convertido estos días en una ilustración viva del conflicto. Y hasta él se desplazó la semana pasada una representación de la fiscalía federal en busca si no de una solución, al menos de alguna pista sobre qué hacer. Visitaron Pacaraima, donde estaban los indígenas empapados junto al alcalde. Intentaron reunirse con la alcaldesa de Boa Vista, pero esta no acudió a la cita. Mandó en su lugar a una fiscal, cuya postura se quedó en un enjuto: “No estamos en una situación financiera que nos permita asumir la responsabilidad de esas personas”.

Se cuestionaron las virtudes de dar documentación a los inmigrantes (para que al menos los niños puedan ir a las escuelas). Se debatió si había subido la tasa de crímenes desde el desembarco venezolano (sí, pero no hay datos que asocien una cosa con la otra). También hubo una reunión con la gobernadora de Roraima, Suely Campos. Al salir, se le preguntó qué hacer con los inmigrantes. Ella contestó: “No sé”.

Venezolana regaló a su hija en Cúcuta intentó entregar a otra menor

La madre de las pequeñas argumentó que no tenía cómo darles de comer en su país. (Cúcuta).

Venezolana regaló a su hija:

El caso de una indígena venezolana que regaló a su hija de cuatro años a otro mujer en Cúcuta, argumentando que no tenía cómo darle de comer, ha dejado en evidencia la falta de controles migratorios en los puentes internacionales de la zona de frontera.

El Coronel Yesid Arango, comandante de la policía metropolitana de Cúcuta, aseguró que “la pequeña fue hallada en un puesto de control en el área metropolitana de Cúcuta, en el municipio de los Patios, cuando se le solicitó a la mujer que llevaba a la niña documentos de la menor”.

“La mujer que pretendía llevar a la niña al interior del país argumentó que una indígena venezolana se la había regalado, pues no tenía cómo mantener a la pequeña. Esta mujer le firmó una carta donde le entregaba a la niña”, dijo el Coronel Arango.

Las autoridades en Cúcuta han anunciado más controles en la zona de frontera ante el ingreso de 50 mil venezolanos diariamente a la ciudad, para evitar estos hechos se vuelvan repetitivos.

Las venezolanas que llegan a Colombia para dar a luz:

Migraron para ser mamás. Aguantaron irse a la cama sin comer hasta que sus embarazos avanzaron y el riesgo de desnutrición se advertía. La crisis, según la Encuesta Nacional sobre condiciones de vida de Venezuela (2016), tiene al 82% de los hogares en la pobreza. El mismo estudio dice que hay 9,6 millones de venezolanos que comen dos o menos veces al día. “O me iba o nos moríamos ambos”, dice Dariana Elluz Amaya, de 25 años. Tiene nueve meses de embarazo y una barriga que apenas se asoma. En una carpeta, que alcanza cuando quiere dar una fecha con precisión, ha ido guardando la historia de su hijo a punto de nacer. Muestra dos ecografías. La de una clínica de Zulia le anuncia que tendrá un niño y la de Cartagena dice que será una niña. “Es que allá ni los exámenes hacen bien”, apunta indignada. Dos días después nacería Ashely Samara en la Clínica maternidad Rafael Calvo.

Dariana Elluz es una de las 82 venezolanas que en los dos primeros meses de este año han buscado atención en ese centro médico de Cartagena. En el mismo periodo de 2016, la cifra rozaba los 40 casos. La mayoría – cuenta Jorge Quintero, médico y gerente del hospital – llega sin historia clínica, sin controles. “Por lo general ingresan por urgencias cuando ya tienen los dolores de parto o se sienten muy mal”, explica. El camino para recibir atención, sin embargo, no es tan fácil. Él mismo lo reconoce. “El Estado colombiano está de espaldas a lo que está pasando con la salud en las regiones de frontera a raíz de la llegada de venezolanos. Se necesitan más recursos y una política que garantice su atención”.

Dariana emigró a la ciudad más turística del caribe colombiano y no ha visto la primera imagen que se asemeje a lo que le mostró Google cuando la buscó antes de salir de su país. Se ha tenido que internar horas enteras en las oficinas distritales para tramitar un servicio médico. Cuando no está allí, permanece en un cuarto acondicionado en la parte trasera de una tienda de la Cartagena que pocos extranjeros conocen, la que solo sale en internet en las noticias judiciales de los diarios regionales. Vive en el barrio Villa Estrella, en donde advierten que matan por robar un par de zapatos. “A veces se siente mucha inseguridad, pero por lo menos tenemos lo de comer tres veces al día y medicina” dice la venezolana. Durante el 2016, 309 compatriotas suyas recibieron atención en Cartagena, lo que significó una facturación de casi 50.000 dólares para las finanzas de la clínica que las recibió. Entre enero y febrero de este año, la cifra ya rondaba los 17.000. “Hemos hecho un convenio regional con otras entidades para que ninguna mujer se quede sin atención. Se trata de un acto humanitario, aunque en nuestro sistema de salud escaseen los recursos”.

El personero de la ciudad, Willian Matsón, ha propuesto que a los venezolanos que llegan al país se les dé el trato de refugiados para agilizar el servicio médico. Dice que en dos meses su oficina atendió a casi cien mujeres embarazadas que pedían ayuda. Hace dos semanas, se firmó un acuerdo con el Ayuntamiento para crear un protocolo de atención y destinar una partida presupuestal para los migrantes. No hay detalles hasta ahora. “Muchos tienen familia colombiana entonces les resulta más fácil establecer su legalidad en el país”, dice. Otros, en cambio, muestran su documento venezolano y argumentan que están en Colombia porque no tenían a dónde más ir. Desde el 2015 han sido deportados 2.584 venezolanos que permanecían sin papeles en varias zonas, nada más del Caribe este año van 124, según la oficina de migración Colombia.

“Se corre la voz, una le dice a la otra que así no tenga papeles se les atiende y creemos que por eso cada vez llegan más venezolanas”, dice Quintero, desde la clínica. Junto a él, Rocío Mendoza, subgerente de la entidad, agrega que no puede negar el servicio así estén indocumentadas. “Si se trata de una urgencia no miramos de dónde vienen ni quién paga, primero es la vida”, dice.

Cindy Paola Soler fue atendida allí. Tiene 24 años y una bebé, que permaneció cinco días en la unidad de cuidados intensivos. Las dos estaban desnutridas. Cindy en todo el embarazo apenas llegó a pesar 45 kilos. “Me estaba volviendo loca. Yo creo que el estrés afectó a la niña” dice. Su trabajo haciendo la manicura en Caracas se puso difícil y comer se convirtió en el milagro que aparecía un par de veces por semana. “No podía esperar la muerte en una fila buscando harina o lo que consiguiera porque nunca se sabe qué habrá en el estante cuando llegue el turno de comprar”, dice. Con su hermano de 22 años hizo la travesía desde Caracas hasta Cartagena. Le costó casi dos días de viaje y un poco más de 50 dólares. “Pasamos por mucha trocha y al final llegamos a donde los Filúos, una población de la Guajira, y de ahí en un bus hacia acá”, recuerda. Cindy confiesa que extraña su país – sobre todo a su familia y el clima – pero cree que, de no haberse ido, tal vez su hijo no habría sobrevivido. “No tenía qué comer y tampoco había salud, no había cómo hacernos exámenes, nada”. Su hija es colombiana, aunque a ella le hubiera que fuera venezolana. “Es lo que más queremos con el corazón, pero tristemente no podemos ser mamás si nos quedamos en Venezuela”.

Por: Sally Palomino
Agencias/Redacción/R24
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Caracas, miercoles, 15 de marzo de 2017

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