MIGRACIÓN: “Es mejor sufrir en Colombia que pasar hambre en Venezuela”



“Venezolanos, la migración más grande
en toda la historia de Colombia…”

 

En las últimas dos décadas, los expertos, han detectado tres olas de migración. Venezuela, el país bendecido con las mayores reservas de petróleo del planeta, las más grandes de oro del continente y las terceras de gas y coltán…”. En Colombia, el salario mínimo con el auxilio de transporte suma 820.000 pesos mensuales (280 dólares). En Venezuela el presidenteNicolás Maduro subió el sueldo el 1° de mayo -lo ha hecho 15 veces en 4 años de mandato- y con ello un empleado gana 65.000 bolívares, más 135.000 en bonos de alimentación, es decir, 200.000 bolívares al mes (20 dólares)”.

En Cúcuta declararon a Nicolás Maduro persona no grata.

La llegada de miles de venezolanos y de colombianos, que habían vivido por décadas en Venezuela, no es un secreto.

20.000 venezolanos atraviesan todos los días los más de 2.000 kilómetros de frontera entre Colombia y Venezuela para escapar de la escasez.

San José de Cúcuta.- Estamos a 300 metros del Puente Simón Bolívar, en Cúcuta, una de las fronteras más fotografiadas de América Latina, donde incluso las venezolanas venden su pelo al mejor postor. La adrenalina que derrama, como todos los pasos fronterizos, no puede esconder la realidad: los venezolanos son hoy los parias de América.

El gota a gota migratorio del año pasado se ha convertido en las últimas semanas en un diluvio incontenible.Esta ciudad colombiana es paradigma de una tragedia, el espejo donde se miran miles y miles de criollos que llegan a sus calles desesperados y hambrientos. “Estoy admirada, las bodegas están aquí llenas de alimentos, es una bendición”, exclama una mujer que apura su comida en la Casa de Paso abierta por la Iglesia Católica hace tres semanas. La mujer no acaba de llegar de otra galaxia; viene de Venezuela.

“Estamos en zozobra y caminamos hacia el caos”, resume el padre Hugo Suárez. El comedor que ofrecía una comida al mes ha pasado a llenarse todos los días, dependiendo de donaciones y de solidaridad. El día que más consiguieron se ofrecieron 1.700 almuerzos, con una media en estas semanas de 500 diarios. Gente de paso, que come y se va. Los que llegan al día siguiente son nuevos.

Alexandra Medina tiene 18 años, los mismos que la revolución bolivariana. Está sentada en una mediana de la calle, cabizbaja, intentando esconder su tristeza. Pero en cuanto comienza a hablar de su tierra, Punto Fijo, península situada a casi 800 km., recobra su estado natural. Y su sonrisa. Allá, en su Venezuela natal, comenzó este año a estudiar Psicología; ahora vende botellas de agua en la calle.

A pocos metros vigila su novio, Juan Carlos Mejía, de la misma edad, que limpia los cristales de los vehículos. Lleva una moneda metida en su oreja, llamando a la fortuna. Una parejita de novios arrastrada por el vértigo venezolano, que ha pasado de ir al cine los viernes a agarrarse como pueden a la vida en su nueva marginalidad. “No volveré hasta que Venezuela vuelva a ser como antes. Es mejor sufrir aquí que pasar hambre allá”, sentencia la chica.

Alexandra y Juan Carlos son solo dos entre miles de venezolanos que se mueven en las calles cucuteñas buscando fortuna. Venden piruletas y refrescos, lavan carros, hacen malabarismos o buscan desesperadamente algún trabajo informal en un país que exige tener los papeles en regla. Las más atrevidas, o las más desesperadas, también venden su cuerpo.Los desheredados de la revolución caminan las calles sin rumbo definido, ni siquiera saben las exigencias legales y las dificultades que van a encontrar. Como Juan Manuel Sánchez, que era chef internacional, y Jaiker Salas, estilista en Yaracuy. Como Félix Sánchez, operador de buques de la Armada, y Eneida Oviedo, técnica de laboratorio.

No existen estadísticas fiables de cuántos venezolanos malviven hoy en la frontera, pero el representante colombiano en la OEA aseguró la semana pasada que 20.000 venezolanos atraviesan todos los días los más de 2.000 kilómetros de frontera entre los dos países. La mayoría regresa a las horas o a los días, tras comprar los alimentos que no encuentran en su país. Pero varios miles se quedan en Colombia y al menos un 20% de ellos, los más desesperados, lo hacen en Cúcuta. Investigadores aseguran que en Colombia ya viven al menos un millón de venezolanos.

En el infierno siempre hay ángeles. Como el padre Hugo junto a la frontera o el padre Francesco Bortignom en las comunas 6 y 7, donde ya se han instalado cientos de venezolanos en sus favelas. O como el hispano-venezolano Gustavo Contreras, sangre canaria, y el caraqueño Eduardo Espinel. Hace unos meses abrieron el restaurante Don Cachapa, consulado paralelo al que se acercan sus paisanos. Dos días a la semana reparten comida a un centenar de compatriotas. Esta noche tocan espaguetis. Pero antes de empezar a comer, se recuerda a los muertos en las protestas. Y todos ellos, emocionados, cantan el himno. El mismo que dice abajo cadenas, muera la opresión…

venezolanos, la migracion mas grande en la historia de colombia

Olas de migración:

La llegada de miles de venezolanos y de colombianos, que habían vivido por décadas en Venezuela, no es un secreto en los últimos años, pero tal vez lo que todavía el país desconoce es la magnitud de este fenómeno social que ya se convirtió en la migración más alta de nuestra historia.

Pese a que la oficina de Migración Colombia tiene reportados 40.000 venezolanos viviendo legalmente y calcula que estén 60.000 irregularmente, una investigación liderada por el sociólogo y experto en migración venezolana, Iván de la Vega, profesor de la Universidad Simón Bolívar, realizada con colegas y alumnos del Laboratorio Internacional de Migraciones (LIM), revela que son 900.000 los venezolanos -incluyendo los que tienen doble nacionalidad- (el 1,8 por ciento de nuestra población), los que han llegado al país en los últimos 20 años, por el efecto de la llamada ‘revolución bolivariana’ y la crisis social en ese país.

Este éxodo se percibe fácilmente no solo en las principales capitales, donde a diario se mueven miles de emigrantes, trabajando, estudiando o en busca de empleo, sino en el Caribe, donde ya hay municipios con más venezolanos que colombianos.

El informe, realizado con información del Banco Mundial, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y de organizaciones de venezolanos, da cuenta que Colombia es, entre 98 países, el principal receptor de este éxodo, muy lejos de Estados Unidos y España, que ocupan el segundo y tercer lugar.

Francine Howard, coordinadora de Voluntad Popular Colombia, partido del político opositor venezolano Leopoldo López, quien tiene doble nacionalidad, dice que sí cree que ya son cerca del millón y agrega que, incluso, abrieron esta semana una página en internet para hacer un censo y buscar ayuda para los que llegan.

La diferencia con las cifras oficiales radica, principalmente, en que el Gobierno no puede contabilizar como extranjeros a los que cuentan con la doble nacionalidad, quienes serían la mayoría de los que llegan. Christian Kruger, director de Migración Colombia, quien no comparte los resultados del estudio venezolano, asegura, eso sí, que sin lugar a dudas esta es la ola de extranjeros más grande que ha llegado al país y donde apenas hay oficialmente 110.000 extranjeros de todo el mundo residiendo.



La historia del éxodo:

El éxodo venezolano se dio lentamente. En las últimas dos décadas, los expertos, han detectado tres olas de migración. La primera fue de empresarios atraídos por la globalización de la economía, como los dueños de Alimentos Polar, Congrupo y Farmatodo. Y luego, tras la llegada de Hugo Chávez al poder se dieron dos nuevas olas, la de ejecutivos de alto nivel, que trabajaban especialmente en la compañía petrolera Pdvsa y, más tarde, hubo una de profesionales y tecnólogos de buen nivel.

Actualmente, lo que se podría denominar la cuarta ola se debe, según las autoridades, al regreso de los colombianos, con sus hijos nacidos allá y otros familiares, a sus lugares de origen, en busca de un mejor futuro.

Kruger dice que, de acuerdo con un estudio del Centro de Estadística de Venezuela, fácilmente en ese país había 1’500.000 nacionales (otros estudios indican que fueron 5’000.000). “El fenómeno de que las personas digan que esto se llenó de venezolanos tiene que ver con que los colombianos están regresando por las condiciones complejas de ese territorio”, asegura.

Declararon a Maduro persona no grata:

Cúcuta, la ciudad colombiana que alguna vez fue reseñada por miembros de la oposición venezolana como el lugar de nacimiento de Nicolás Maduro y en la que se presume transcurrió parte de su infancia y adolescencia, declaró al presidente de Venezuela como persona no grata.

La designación de esta categoría de indeseable entre la ciudadanía fue adoptada por el Concejo de esa capital en reacción a la presunta vulneración de derechos humanos en la que habría incurrido el mandatario venezolano al decretar dos cierre de frontera en 2015 y 2016, que han desatado una situación de inestabilidad en ese territorio compartido entre Colombia y Venezuela.

En la proposición, que fue firmada por los 19 corporados, también se exhorta a las autoridades colombianas, como a la Fiscalía General de la Nación y a la Cancillería, para que inicien un proceso legal contra Maduro por las miles de familias colombianas residentes en territorio venezolano, que padecieron una deportación masiva en 2015 al ser sindicados de pertenecer a grupos de autodefensas.




Siguen llegando:

Pero más allá de los colombianos que regresan con sus familias, los venezolanos sin familia en el país también siguen entrando, por cielo y tierra, y aunque gran parte dice que viene por turismo, se quedan trabajando, sin permiso, y salen a los tres meses, para no ser deportados, y vuelven e ingresar.

La cifra de ingresos en los últimos 3 años y a comienzos de este año, también, viene disparada. En enero entraron al país 47.094 venezolanos, 24.269 más que en el mismo período del 2016. Igualmente, según Migración, se registró un aumento en la entrega de cédulas de extranjería a venezolanos de 112 por ciento, entre los años 2007 y 2011, y un aumento mayor del 211 por ciento en solo dos años, de 2012 a 2014, con un total de 37.164 cédulas emitidas solo para venezolanos. También suben las cifras de deportados y de capturados por cometer delitos, especialmente atracos.

Pese a esto, las autoridades llaman a la calma. “Colombia se viene abriendo a la migración. El error en el que no puede incurrir la ciudadanía es en estigmatizar alguna nacionalidad. Primero, porque se tienen muchos connacionales que están en situaciones similares y cuando se estigmatiza una nacionalidad, sea cual sea, se hace algo que no nos gustaría que se hiciera a alguno de los colombianos en el exterior, como en su momento pasó en Chile. Si no se quiere que eso nos pase en el exterior, no se puede hacer lo mismo acá”, dice Kruger.

Para el funcionario y otros expertos, la migración es positiva, pues trae conocimiento, inversión, nuevas culturas, posición que comparte el director ejecutivo de la Cámara Colombo Venezolana, Germán Umaña Mendoza. “La migración venezolana no ha sido perjudicial ni mucho menos masiva. Ha sido más el ruido, pues de los inmigrantes se aprende de todas partes y se beneficia a la economía”, agrega Umaña.

venezolanos en colombia

Es un tema humanitario:

“Llegan venezolanos que no cumplen con los requisitos, pero no se puede olvidar que hace un par de décadas el colombiano iba allá a trabajar en diversos sectores y el país no puede darle la espalda a su vecino –asegura-. Es un tema de concepción humanitario de un grupo de personas que necesitan el apoyo de un país, pero se tienen unas reglas que aplicar”.

Daniel Pages, presidente de la Asociación de venezolanos en Colombia, asegura que actualmente la situación es diferente porque están llegando venezolanos con pocos recursos y asegura que algunos, por falta de oportunidades, se meten a la prostitución para poder mantener a sus hijos. “Esa es la gente que no consigue trabajo y como no tienen permiso laboral, les toca meterse en eso. Se deberían introducir en la economía del país y no marginarlos”, clama.

Venezolanos buscan desesperadamente migrar hacia Colombia:

Cuando los primeros rayos de sol despuntan sobre un vecindario colombiano conocido como “Pequeño Mene Grande”, una referencia a la cálida ciudad venezolana de la que proceden muchos de sus últimos vecinos, seis hombres y mujeres se levantan de sus viejos y desgastados colchones.

Las mujeres se maquillan delante de un espejo que cuelga de las barras de seguridad instaladas por dentro de la ventana. Una de ellas envuelve a su hija de cuatro meses en una manta amarilla. Los hombres se visten con chaquetas y gorras de béisbol.

Bogotá es fría comparada con su ciudad natal en Venezuela y su día será largo. Su tarea: vender 54 mangos a menos de un dólar cada uno, con la esperanza de poder enviar algo de dinero a sus familiares, que atraviesan aún más problemas en casa.

“Nunca imaginé vivir así”, dijo Génesis Montilla, una enfermera y madre soltera de 26 años que dejó a sus tres hijos con su abuela.

Mientras Venezuela se hunde cada vez más en la ruina política y económica, la huida de sus ciudadanos se acelera y alcanza niveles nunca vistos en su historia. Los expertos creen que casi una décima parte de sus alrededor de 31 millones de habitantes vive ahora fuera del país. Para los profesionales cualificados, el destino preferido es España o Estados Unidos, donde se quedan superando los límites de sus visados y ahora solicitan asilo por primera vez – 18.155 solo el año pasado.

Pero para muchos, más pobres, que huyen de la inflación de tres dígitos, de las largas filas para comprar comida y de la escasez de medicamentos, Colombia es el final del viaje. La vecina nación andina ha recibido a más venezolanos que cualquier otro país. Las estimaciones indican que en la últimas dos décadas llegaron más de un millón de personas, invirtiendo la tendencia previa de colombianos que pasaban a Venezuela para huir de la guerra.

Los más desesperados cruzan de forma ilegal a través de una de los cientos de “trochas”, caminos de tierra sin pavimentar en la porosa frontera de 2.200 kilómetros (1.370 millas) entre los dos países.

“Cuando hablas con venezolanos, todos dicen ‘me quiero ir’”, dijo Saraid Valbuena, de 20 años, que realizó el viaje con su esposo y su bebé de un mes a principios de año. “A pesar de que uno viene aquí a dormir en el suelo, quieren venir porque saben que con un día de trabajo, dos días de trabajo, uno puede comer”.

Este flujo no da señales de disminuir y preocupa a las autoridades colombianas hasta el punto de que están elaborando planes de contingencia por si aumenta o se repite una crisis como la de 2015, cuando el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, expulsó a unos 20.000 colombianos de la noche a la mañana.

El gobierno de Colombia envió recientemente una delegación a un campo para refugiados sirios en Turquía para aprender cómo responder a una repentina llegada masiva de inmigrantes. El alto comisionado de Naciones Unidas para los refugiados está estudiando la preparación de sus oficinas en Colombia, Brasil y Trinidad y Tobago, para gestionar una posible avalancha de migrantes venezolanos.

“Desde hace como año y medio ha sido una migración constante”, señaló Daniel Pages, presidente de la Asociación de Venezolanos en Colombia. “La necesidad venezolana es salir de Venezuela para vivir”.

Oficialmente, Venezuela niega que sus ciudadanos estén huyendo a Colombia. En febrero, Maduro afirmó que los colombianos seguían entrando “en masa” al país. Caracas no presenta estadísticas sobre inmigración desde hace más de una década.

Valbuena y Montilla comparten cuatro diminutas habitaciones de bloques de concreto con otras 12 personas. Robaron chaquetas usadas para soportar el clima húmedo y andino de Bogotá. Uno de sus desvencijados colchones de fue sacado de la basura.

“Todos los días amanezco con ganas de irme, pero no puedo”, lamenta Montilla, que en su país vivía en una casa confortable con sus tres hijos. Su salario diario en el servicio de urgencias de una clínica no le alcanzaba para comprar un tubo de pasta de dientes.

En un día normal, Montilla y los otros cinco toman un autocar hasta el mercado mayorista donde compran los mangos. Pero con el final de la temporada de mangos, las frutas escasean y los precios suben y, en lugar de los cuatro dólares habituales por un saco de 30 piezas, el comprador les pide 7,5 dólares, casi el doble. Y ellos tienen ese dinero.

En su lugar, deciden intentar vender los 54 mangos que dejaron en carros de madera que guardan durante la noche en una parte más adinerada de Bogotá.

Con el bebé arropado y las chaquetas puestas, el grupo sale del departamento y se dirige a la estación de autobuses. En las inmediaciones, dos policías con chaquetas amarillas reflectantes les dan el alto.

“Cédula todo el mundo”, pidió uno de los agentes.

“Somos venezolanos”, respondieron varios en el grupo.

Los policías, sorprendidos por su franqueza, anuncian que llamarán a inmigración, una amenaza que no altera a los venezolanos. Una de las tres chicas del grupo saca una tarjeta fronteriza que permite viajes cortos a Colombia. Los agentes parecen quedar satisfechos, pero les dicen que lleven identificación la próxima vez.

Hace décadas, cuatro millones de colombianos realizaron el viaje a la inversa cuando su país estaba envuelto en un conflicto armado con las guerrillas y Venezuela, rica en petróleo, estaba despegando.

Muchos de los venezolanos que llegan hoy al país tienen raíces colombianas, pero lo que no tienen complicado legalizar su estatus. Al contrario que el vecino Perú, que ha ofrecido visados temporales de trabajo a los venezolanos, Colombia no les proporciona ningún tipo de estatus legal humanitario. Pueden solicitar visas de refugiado, pero pueden tardar más de dos años en procesarse.

En los primeros años de la revolución socialista del fallecido presidente Hugo Chávez, ejecutivos del petróleo y otros venezolanos adinerados huyeron a Colombia en una cantidad tal que elevaron los precios de las viviendas y complicaron aún más el acceso a las escuelas privadas de élite. Pero los recién llegados tienen apenas unas monedas en sus bolsillos.

Aunque la mayoría de los que ingresan ahora a territorio colombiano son de clase media y baja, Montilla y sus amigos han visto incluso a profesionales cualificados, como arquitectos o ingenieros, durmiendo en estaciones de autobús.

Montilla decidió dejar su país cuando sus hijos le decían “tengo hambre” y ella no tenía con qué alimentarlos.

Antes de partir, les contó que quería hacer.

“Sí, anda. Para que no pasemos necesidades. Para que no pasemos hambre”, le dijo su hijo mayor, de 10 años.

Por: Daniel Lozano
Agencias/Redacción/R24
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Caracas, jueves, 16 de junio 2017

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